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Siempre me había sentido atraído por mi hermana pero nunca me había atrevido a decirle nada por miedo a las posibles represalias de mi padre, pues la tenía como su hijita protegida. Sabía que seguía siendo virgen porque me lo había confesado en repetidas ocasiones y no se le conocía novio alguno. Ambos sentíamos algo por dentro que no podíamos reprimir y este fue el día en el que no pudimos aguantar más nuestros ancestrales impulsos. Me pidió que le explicara cosas acerca del sexo porque era demasiado jovencita y no sabía cómo actuar. Como buen hermano me puse manos a la obra con ella para hacerla sentir especial y única haciéndole el amor con la máxima dulzura que jamás había empleado con ninguna chica. Ninguno de los dos olvidaremos este día de San Valentín en el que ella y yo descubrimos el amor por primera vez.